Lipman y su utopía

Gino Raúl De Gasperín Gasperín
(Academia Mexicana de la Educación)

Recibí la noticia de la muerte de Mathew Lipman y me acordé que no hace ni medio año murió Anne Sharp, su más entusiasta colaboradora en la creación de un “proyecto de locos”, una de esas raras utopías que de vez en vez aparecen en el mundo de las ideas y que logran irse abriendo paso por tres razones: por su valía propia, por la tenacidad de sus creadores y por la fe que en el mismo llegan a tener sus difusores, ejecutores y practicantes. En este caso, el “proyecto de locos” se llamó, inicialmente, “Filosofía para niños” y ahora, “Filosofía 3-18”, en referencia al período de vida en el cual se aplica.

Lipman fue un estudioso de las disciplinas estéticas, que poco tienen qué ver con el embellecimiento del cuerpo y los remedios contra las arrugas, pues son áreas de la filosofía destinadas al estudio serio y reflexivo de la “belleza” y el arte. De ahí, posiblemente por la necesidad que tuvo de hacer accesible y dinámico el estudio de la Lógica a los alumnos de estudios secundarios –debemos entender, para nuestro país, estudios de bachillerato-, pues quienes hemos pasado la vida tratando de que los adolescentes piensen con corrección sabemos que esto es un reto como el de Sísifo, Lipman inició su proyecto de crear una metodología novedosa y original: hacer que los alumnos lean una “novela” en la que los personajes son estudiantes como ellos y, a partir de situaciones cotidianas, inducir a la discusión -después, “diálogo”- y así, poco a poco, construir el edificio del pensamiento lógico.

Este proyecto le funcionó y, con Anne Sharp, lo extendió a las demás ramas de la Filosofía: Teoría del Conocimiento, Estética, Ontología, Ética Individual, Ética Social, etc., y, a mi entender, lo más importante: demostrar que aún los niños pequeños –de 5 o 6 años-, son capaces de pensar, reflexionar, dialogar, construir ideas, profundizar en temas, en una palabra, hacer filosofía.

En esto consiste lo que he llamado “proyecto loco”, pues todos los sabios que en el mundo han sido, habían sostenido que sólo a partir de la adolescencia –y en pueblos subdesarrollados como México, a partir de la juventud y aún después, o nunca jamás- se podían entender los temas de la filosofía, y, lo que es más serio aún, “hacer filosofía”. Era una locura hacer o siquiera pensar que los niños filosofaran, cuando ni los adultos lo hacemos con alguna seriedad, orden, profundidad y sustancia -¡consta!-.

Este trabajo, serio, profundo, titánico, pronto encontró fundamentos teóricos, psicológicos, sociológicos, pedagógicos y metodológicos -¡y económicos!- para construir todo un verdadero movimiento, con instituciones académicas que lo respaldaron, como la Montclair State University, la Universidad de Nueva Jersey, en EEUU, y la Universitat de Girona. Actualmente existen varios organismos, en diferentes partes del mundo, que de una u otra forma siguen la intuición original de su fundador, y otros que lo siguen aunque de manera heterodoxa, sea sustituyendo las “novelas” –que, ciertamente, en ocasiones son inapropiadas para las diversas culturas- o discutiendo y “arreglando” los supuestos teóricos en que se fundamentan. Por ejemplo, no todos están de acuerdo con las tesis de Dewey o con el pragmatismo epistemológico o ético que subyacen al proyecto.

Aún así, yo pienso que Lipman ha sido uno de los filósofos-pedagogos que más han contribuido, a partir de la segunda mitad del siglo XX, a concienciar de la necesidad de la filosofía como un recurso único, singular y sumamente valioso para hacer que la sociedad se fundamente en los principios de la racionalidad y la democracia que son, sin duda, las únicas bases sobre las que se puede construir un mundo verdaderamente habitable para todos. Por eso es utopía: porque este mundo –el de aquí y ahora- no está cimentado en la racionalidad de las acciones ni en la igualdad de derechos y obligaciones. Es un mundo sucio, egoísta y que cree en la soberbia del poder y en la supremacía de la fuerza bruta, representada por las armas o por los medios de comunicación o por la impunidad del tráfico de influencias políticas.

Lipman hizo su trabajo. Dejó sembrada una inquietud y un sueño. Algunos creen –creemos- en sus ideales. Otros luchan contra éstos, pues ponen en riesgo el poderío de su fuerza bruta. No es difícil pronosticar de qué parte está la ganancia, pero esto no significa que siempre el que gana sea el mejor. ¡Y, en este caso, menos!