Recordando a Matthew Lipman

José María Calvo

Eran los años ochenta y yo buscaba y buscaba caminos, senderos, luces o sombras. No lo sé. Deambulaba errante por las aulas repitiendo lo que me habían enseñado de alumno.

​Yo era profesor de filosofía y no sabía en qué consistía. Los resultados que observaba a mi alrededor eran fracasos, suspensos, incomprensión de la filosofía cuando no odio a la misma. Y entonces apareció él. Congreso de Filosofía y juventud. Le acompañaba su voz en español, el inseparable Eugenio Echevarría.

Escuché su inesperada ponencia y mis ojos ciegos comenzaron a ver. Entusiasmado por lo que acababa de escuchar no daba crédito a mis oídos cuando surgió la voz de un “compañero”: ¿Podemos dejar ya la filosofía, los niños y estas zarandajas y comenzar a hablar en serio? Y como había que hablar muy en serio nos callamos, pero continuamos el taller de filosofía para niños. Con unos compañeros de taller extraordinarios comenzamos la nueva aventura de la unión entre filosofía, educación y niños.

El niño, la persona como centro de su propia educación. Y aprendí a practicar el respeto, aunque íbamos aprendiendo su sentido dentro de la comunidad. Y surgió la comunidad de investigación en el aula, y el diálogo como guía. Fui tan afortunado que Matthew y Ann me invitaron a hacer el Master en “Fine Arts”, traducido en FpN, “Aprender a pensar por sí mismo”.

No quiero extenderme, pero hoy no he podido dejar de llorar estas pérdidas. Quiero proclamar junto a otros compañeros, que soy otro enano subido a hombros de gigantes. No sé si he llegado a ver muy lejos, pero si no ha sido así, se debe a mi propia miopía.

El año y pico que pasé en Montclair nunca se borrará de mi mente y de mi corazón. Todavía conservo fotografías y escritos. Pero sobre todo conservo los recuerdos de todos los compañeros y sobre todo de las dos personas que más han influido en toda mi vida, y ya soy mayor.

No es el momento de hablar hoy del programa, pero no puedo callar el sentido de una educación en valores: en y para la democracia, en y para el diálogo, la tolerancia, la libertad, el respeto, la paz.

Y aprendí a aprender durante toda mi vida, a darme cuenta de que solo sé que no sé nada, a no tener respuestas, a preguntar y a preguntarme, a buscar para descubrir y ayudar a construir. Me habéis ayudado a descubrir tantas cosas que sería imposible escribirlas aquí.

Mi vida cambió radicalmente, creo que para bien. Y se lo debo, sobre todo a dos personas. Gracias Matthew, gracias Ann. Sé que seguís ahí, os siento, os sentimos. Permaneceréis para siempre con nosotros.